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1016.- elige tus juguetes


Juro que iba a hablar de que hoy soy un poco más miope que la semana pasada (eso dicen en la óptica, y lo digo yo, que en los carteles de la carretera las letras se hacen más borrosas sin necesidad de haber frecuentado la barra de cualquier bar situado más o menos a mano), pero revisando el correo estaba escuchando “Esplendor en la arena” (Hello Cuca) y han sonado los 72 segundos de “Elige tus juguetes” para devolverme a la edad de la inocencia (supuesta, claro). A los juegos en la playa: raquetas, caza y captura de peces y erizos, castillos, enterramientos bajo la arena y algo de fútbol, pero menos (la temporada oficial se jugaba de noviembre a mayo en El Bosquecillo, y perdíamos casi siempre, con el menda de portero y unos guantes como los que llevaba Paco Buyo).

En casa los juegos eran otros: básicamente los clicks de playmobil, y también coleccionar pitufos (colección que todavía conservo) y personajes de Dragones y Mazmorras. Nada del otro barrio. Vale, el escondite inglés y otras variantes; y también el parchís y la oca (de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente; qué lírica, oigan); y en las cartas, desde pequeñito, el tute y la brisca (el mus lo frecuenté sólo en la facultad, pero prefería el chinchón).

Los juegos de azar no son lo mío. Hace un mes acerté una quiniela de 12 y cobré 0,12 céntimos (vamos, es que había acertado todo Cristo). Bonoloto, Euromillones, Primitiva, El Gordo de la Primitiva, la ONCE, el Cuponazo, el Supercuponazo, la Lotería Nacional, el Sorteo del Oro, el especial del Día de la Madre, el del Día del Padre, la lotería de Navidad, el Niño y lo que se ponga por delante. Toca, sí, pero no a mí (bueno, supongo que porque no suelo jugar y eso también cuenta). Todo sería más fácil a pares o nones. Tú eliges: pares. Uno, dos y tres... Cuatro y uno: cinco. Nones. He ganado. Sí, me gusta más así.

En el colegio, durante la clase de matemáticas, jugábamos a OSO. Y en el recreo al basket. Un codazo me rompió las gafas, pero seguí jugando, e incluso encestaba; pero entonces tenía sólo dos o tres dioptrías. Piedra, papel o tijera. Cogí tijera y me estrellé contra la piedra; mala suerte. ¿Cara o cruz? Cara: y salió el rostró borbónico por excelencia.

Paso de las tragaperras, y en general de los casinos, que me dan pereza; pero me gustan los juegos de las ferias, con las escopetas trucadas y los perdigonazos en los chicles; supongo que ahora los niños no dispararían si no es con una play station 3 como recompensa. Luego, y ahora alguna vez, buscábamos el perrito piloto, la botella de sidra o la tostadora; con escasa fortuna, casi siempre.

Juguemos a los bolos, o al Tiger Woods en la PS2, o al WRC 2008; incluso al F1 2005 con mi volante y pedales con el careto de Fernando Alonso. Podemos jugar a los juegos de palabras (aquello del teto, que no reproduciré aquí, un respeto hacia los lectores), al Scrabble, al Risk (una partida de risk, un trivial, un parchís… como cantaba Tontxu, que luego entró en Gran Hermano VIP). Podemos jugar a montar muebles de Ikea, al Monopoly, al Hotel (incluso yo diseñé mi propio Hotel con los hoteles más caros de Madrid), al Indicios, al Scalextric (pero mejor en casa de mi tío, que allí había uno en condiciones, no como el mío, del que te aburrías al cuarto de hora), al billar si se tercia (con el futbolín me declaró perdedor), aunque lo mejor eran las sesiones de Cinexin en casa los sábados y domingos por la tarde, con pequeñas historias de Disney y un público de lo más reducido (Marisa, su hermana Bea, Roberto, César, alguna vez Jorge, y pocos más).

Luego, o antes, llegaron las canicas, el pañuelo y las chapas, con Melchor Mauri, Marino Lejarreta y Perico Delgado (¡incluso Herminio Díaz Zabala!) subiendo las cuestas de la plazoleta, cuando aún no habían colocado columpios ni toboganes y todo era mucho más agreste. Nos inventábamos casas encantadas y descubríamos pasadizos secretos (alguno sí era secreto, todo sea dicho); íbamos a los billares, echábamos un par de partidas a las máquinas recreativas de turno y nos íbamos a la lonja a ver la vida pasar (y a ver a las chicas pasar luciendo palmito, obvio), comiendo pipas, casi sin hablar y pendientes de la hora porque había que volver pronto a casa. Pero poníamos toda nuestra entrega y nuestra fe en esos momentos, y eso era auténtico rock’n’roll, aunque entonces no tuviésemos ni idea de que de una región llamada Murcia (y yo pasaba parte del verano con mi padre en Mazarrón, así que algo podía haberme enterado, digo yo) saldrían años más tarde Lidia, Mabel y Alfonso para crear Hello Cuca y tocar a muerte “Aguacate nena”, “Hipicat”, “Kung fu combo”, “Rompetelalma” o, por supuesto, “Elige tus juguetes”. Aunque luego, en la misma playa de Mazarrón donde pillé un herpes (sí: Murcia, qué hermosa eres, pero yo tuve la espalda como un cromo durante unos meses) viniese el cabrón del niño de al lado (cuatro años mayor, a ver quién le tosía) y dejase el castillo en la ruina más absoluta.


1017.- lucha de gigantes


Así lo vi hace unos minutos: "El compositor madrileño Antonio Vega falleció hoy a los 51 años".
En fin, supongo que no se puede decir nada más.

http://www.youtube.com/watch?v=OUSFSEIZrx4&feature=related
 

1018.- aeon


Acabo de llegar de Madrid, del concierto de Antony and the Johnsons en el Palacio de Congresos. Tremendo. Lo dejo escrito aquí, en la versión ampliada, y me voy a dormir.
El título del post es el de mi canción favorita de su tercer disco: "Aeon", que sonó justo antes de los bises y que hizo que Pedro Almodóvar (dos filas por delante; yo estaba en la 12, asiento 8, y él en la 10, asiento 10, creo) también se levantase y se sumase a la ovación unánime del público. (Por cierto, todavía no he visto "Los abrazos rotos).

Es inevitable recurrir a las imágenes para aproximarse a la música de Antony and The Johnsons: una lágrima a cámara lenta rodando sobre la cara hasta caer y romperse al golpear el suelo; un bloque de hielo que se desprende de un iceberg y flota a la deriva sobre el azul eléctrico del océano; la lucha a muerte de dos animales salvajes; un baile de máscaras en la Venecia de Thomas Mann con la banda sonora de su soul andrógino; o la forma ingrávida y espiritual de la “Piedad Rondanini” de Miguel Ángel. Es un cántico a la belleza en todas sus vertientes: turbadora (“I felt in love with a dead boy”), frágil (“Her eyes are underneath the ground”), ambigua (“For today I am a boy”), cegadora (“Everglade”), apoteósica (“Fistfull of love”) y siempre dramática.
Después de una introducción en tres actos aparece el autor de “The crying light” (su tercer álbum, publicado el pasado mes de febrero) y la luz se va haciendo poco a poco, reforzando el concepto teatral del espectáculo, con movimientos angustiosos y dolientes. Aunque el exceso tiene un límite, como el drama, y a pesar del llanto (había quien apenas podía contener los ojos vidriosos), este londinense afincado en Nueva York también puso en escena un ejercicio de contención, poniendo freno a un manierismo que parecía desbocado, provocando ovaciones entregadas y silencios casi dañinos. En el tramo final, antes de interpretar “Hope mountain” y la tremenda “Aeon”, se convirtió en monologuista, culminando su explicación de sí mismo con una delirante historia sobre la segunda venida de Jesucristo, Afganistán, el poder de las mujeres y Barack Obama. Una tragicomedia en toda regla.
Si sus canciones ya son heridas abiertas, en directo adquieren un renovado componente lírico, con una instrumentación precisa: un toque de saxo, melodías al piano, guitarras afiladas, una sección rítmica midiendo sus pasos y los violines subrayando los momentos más intensos. Nada que enturbie la voz de Antony Hegarty, retorciéndose y a punto de quebrarse a veces, protagonista absoluta en piezas como “One dove” o “Hope there’s someone”, y también dando entrada a estructuras más ágiles como las de “Kiss my name” o “Shake that devil”, contrapunto perfecto al barroquismo dominante. Sentido y sensibilidad a lo largo de dos horas. Es el tormento y el éxtasis de esta época: la mística de una música en elevación y también una fuerza escénica a la que pocos pueden aspirar, porque Antony, tan personaje como autor, es a la vez Tadzio y Von Aschenbach: la belleza y la muerte, lo sobrenatural y lo mundano, la decadencia y la sofisticación; y, por encima de todo, el responsable de unas canciones interpretadas de forma sobrecogedora.

 


1019.- ausencia de miedo


25 de abril, San Marcos. Pronóstico para mañana: nubes y alta probabilidad de lluvia en la Comunidad de Madrid, especialmente en las poblaciones de la Sierra. El jueves, 23 de abril, compré “El país del miedo”, de Isaac Rosa. La felicidad es la ausencia de miedo, canta Anntona. ¿Tengo miedo? No. También dice que tú hueles mejor, que nunca es tarde y que todo el mundo tiene porno en casa. Aviso para pusilánimes: no vale escaquearse, respondan con la verdad más verdadera. ¿Dónde lo esconden?. “El que dice que no como el que más…” (eso también lo dice Anntona). Por cierto, que su disco de pop humilde y verdadero se puede descargar aquí.

Intentaré no desviarme del camino. Ausencia de miedo. Si acaso, una inquietud, un futuro incierto, una desazón, pero miedo no. Mi casa (la de mis abuelos y mi madre, quiero decir) estaba cerca del cementerio parroquial, a unos 100 metros. Jugábamos allí, y un día, escarbando en la calle, todavía de arena, encontramos lápidas de lo que resultó ser el emplazamiento anterior del camposanto. Un juego de críos. Pero nunca el miedo. Nunca sueño, o casi nunca. Una vez me perseguía una manada de lobos, llegaba a casa y estaba sano y salvo cuando una vaca bajaba las escaleras tan tranquilamente y derribaba la puerta… Los lobos corrieron entonces, pero fue la vaca la devorada.

Otra vez soñé con Drácula, tal cual, supongo que como consecuencia de que de pequeño decía en casa que veía al dichoso vampiro en la escalera. Por cierto que, todo sea dicho, no me gustan demasiado las películas de vampiros.

Vida y muerte son lesbianas. Esto lo cantó Corcobado, hace ya bastante tiempo. Y, no sé, tampoco da miedo. Vivir. Morir. La vida, simplemente.

El sueño más reciente en realidad es el que da más miedo: una fotografía de un radar que detectó mi coche a 170 a la altura del kilómetro 26,700 de la A-6. Ya fue hace un mes, y no ha recibido ninguna carta de la DGT, así que supongo que sí, que fue un sueño y nada más.

Es mejor soñar despierto, ensimismado, como Óscar Wao. Mejor ser un nerd que no ser nada, aunque pueda parecer lo contrario. El miedo es libre, y en eso se diferencia radicalmente de la felicidad, que no es libre, por mucho que queramos. El miedo es libre y a la vez nos ata de pies y manos; pero es peor la dictadura de la felicidad, porque una vez que se conoce, siempre queremos volver, permanecer para siempre, inmóviles, aislados, quietos. El miedo a no ser felices, o también el miedo a serlo demasiado y que de golpe desaparezca ese estado. Los estados carenciales, que no se curan con ibuprofeno ni con paracetamol.

Todo esto es demasiado serio para hablar de Anntona, pero la culpa no es mía sino del título de la canción, “Ausencia de miedo”; canta Cristina, de Clovis, igual que en “Tú hueles mejor” canta La Bien Querida. Hablando de Ana (LBQ), supongo que no debería dejar que terminase el mes sin hacer un post con “De momento abril”, pero con la pereza mental que me caracteriza en las últimas semanas no lo firmaría yo… También tengo una deuda pendiente con Lliso y “April skies”, aunque ésta la voy a solventar de un plumazo recogiendo el pronóstico meteorológico a las 20.06 de hoy, sábado, 25 de abril. Madrid, nubes y claros, 16 grados; Nueva York, nubes y claros, 28 grados; El Escorial, nuboso, 16 grados; Ciudad de Cupertino, nubes y claros, 13 grados.

Esto es lo que hay, de momento. Y para terminar, y ya que hablamos de miedo, aquí va la letra de “Miedo”, de Los Enemigos. Ahora no, que es pronto, pero esta noche me tomaré un par de Johnnie Walker’s.

“Soy un buzo dentro
de mi Johnnie Walker´s Red
El amante de tu amor, tu dueño,
tu tornillo flojo.
Alguien me vio contigo y se mató,
qué curioso antojo.

Soy el pez de oro que tragaste ayer
antes de ahogarte.
Soy un martillo negro:
“allá voy clavito”
Sólo me dan miedo las monjas,
el agua y los niños.

¡Oh, Dios!
Soy tan feliz cuando me das tu dolor.
Ahora dame también tu amor.

Soy el hierro al rojo que
siempre deseó tu piel.
Soy el señor bajito
que pega a tus hijos.
Un mendigo que te escupe, un pan blanco
manchado de sangre

Soy tu primer amor, no quiero recordar
lo mal que lo hiciste.
Soy un libro abierto,
¿te cuento tus días?
Soy tu apuesta perdida, tu espanto,
tus dientes de leche

¡Oh, Dios!
Soy tan feliz cuando me das tu dolor.
Ahora dame también tu amor.

Soy tu cena, ¿me desprecias?,
¿acaso es que no tienes hambre?
Soy tu sueño preferido y no
pienso volver a verte.
El epitafio que buscabas,
te estoy esperando

¡Oh, Dios!
Soy tan feliz cuando me das tu dolor.
Ahora dame también tu amor.

¡Oh, Dios!
Soy tan feliz cuando me das tu dolor.
Ahora dame también tu amor”.


1020.- nueva ola guardiola


 

La verdad que había decidido tomarme unos días de retiro espiritual y de vacaciones de mí mismo, incluyendo mis apariciones por este blog. Y más después de que el lunes pasado se muriera Tricky, justo en el peor momento (o mejor, ya se verá); parece mentira lo que se puede echar de menos a un perro y hasta qué punto puede marcar tus costumbres (sacarle por la mañana, pasar a mediodía, sacarle al balcón a la hora de la cena, salir los fines de semana cuando vamos a pillar el periódico, etc.), pero por otra parte, y viendo las pocas fuerzas que tenía los tres o cuatro últimos días, que casi no podía bajar las escaleras, pues mejor así, por duro que resulte.

Bueno, corto y cierro con este tema, que no mola.

Semana Santa, Viernes de Dolores, Jueves Santo, Domingo de Resurrección, Miércoles de Ceniza y Lunes Complicado; por ejemplo, hoy. Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Jesús del Gran Poder, los Santos Inocentes, Todos los Santos y Santos que yo te pinté. Oraciones, plegarias; el signo de la cruz (qué bonita canción…).

Lunes, no; martes, no; miércoles, no; jueves, viernes… hoy es viernes. (Ah, no, que hoy es lunes). Eran un poco pintas los de Niños del Brasil, pero bueno, tampoco estaba tan mal; por ahí andará una casete.

Más: The Killers; oye, pues no estuvo mal.

Y sobre todo, que es a lo que viene este post: Los Directivos. Sí, desde El Escorial (qué bonito contar con vecinos así) para el mundo. Dos maquetas, dos. Y qué títulos, oiga: “Teatro de grandes guerras” y la novísima “El castigo sin venganza”, tirando de Lope de Vega y de tragedia / tragicomedia; después de “El Escorial” de Los Punsetes (basada en hechos reales, creo que ya lo comenté en su momento), esto es lo más grande que ha pasado por mi pueblo en los últimos… ¿10, 30, 200, 500 años?. Bueno, tampoco quiero ser exagerado: pongamos que en los últimos 317 días, que no es poco, desde que un pato furtivo apareció a las ocho de la mañana sobre el tejado del horno de pan, y desde que este mismo domingo, con un sol del carajo, vimos a un tío vestido de Papá Noel; o desde que reabrieron La Ferroviaria; o desde que el bar Carmelo vende la ración de alitas de pollo s/m (según mercado). En fin, desde hace bastante o bastante poco tiempo, según se mire, pero vamos, que las maquetas de Los Directivos están de p/m (puta madre). Y para no entretenerme mucho intentando explicar a qué suenan, se puede comprobar por u/m (uno mismo) aquí.

Y como el Barça está que arrasa, chorreando a diestro y siniestro, lo suyo es elegir “Nueva ola Guardiola” como canción emblema para este post. Pues eso, que viva el fútbol.

1021.- el zoo absoluto


Y de repente, una nube. Es domingo, estoy sentado en el estudio, sin hacer nada, escuchando la maqueta de La Bien Querida, después de haber leído “Ghost Girl”, mirando por la ventana, viendo la vida pasar… o algo así. Y de repente, una nube. Una nube blanca, de un blanco eléctrico, cegador casi, rompe el cielo y atraviesa el cuadro que es la ventana a toda velocidad. Me levanto, me asomo, y ya no está; va camino de Valmayor, me parece, o más allá; y se pierde en la distancia y el cielo vuelve a ser azul, intacto otra vez, aunque en la retina permanece la imagen de la nube. Una nube, sí. De repente. Y de repente no. No hay nube.

Si todo fuera así de fácil… De repente, sí; de repente, no. Pero no es así, claro. Esto es un juego, un entretenimiento de domingo, sobre las tres; el domingo es un día de recogimiento, casi de hacer balance y a la vez de predecir el futuro inmediato. Lunes, martes, miércoles, jueves… (si fuera una canción de The Cure llegaría al viernes para decir “Friday, I’m in love”). Y luego empezar de nuevo: sábado y domingo. Y así pasan los días. Y hoy es martes, casi miércoles; a veces es cuestión de horas más que de días. Tengo cierta obsesión con el tiempo, me temo. Tiendo a temporizarlo todo: el tiempo que tardo en coche hasta el cruce del Valle, luego hasta la rotonda de la Sopa Boba, hasta el puente del Herreño, y más tarde hasta que aparco; el tiempo que tardo en echar gasolina (distinto si en Repsol, BP o Galp); el tiempo que tardo en corregir una página; la media en leer una página de un libro, y, como consecuencia, la media en que tardaré en leer el libro entero; y lo que tardaré en leer el siguiente libro que me espera; el tiempo que me sobra y el tiempo que me falta, porque en definitiva es cuestión de tiempo; el tiempo que dura una canción, y un disco, e incluso una discografía (sólo en los casos más extremos); el tiempo ideal es de 2 minutos y 16 segundos, aunque hay matices; el caso es que pasa el tiempo, a veces rápido, a veces muy lento; pienso en los días que quedan para el próximo día clave en el calendario, y luego hasta llegar al siguiente; pienso casi en agosto, y en septiembre, y en este jueves, y en el viernes y el sábado; 12, 13, 14 de marzo. Tiempo y espacio; espacio y tiempo. Aquí y ahora. Como si fuera tan fácil. Controlar el tiempo, porque el tiempo es oro (Constantino Romero dixit). Miro el reloj a cada minuto, casi tanto como actualizo el correo, para que nada se escape, para que no pase el tiempo, o quizá para que pase sin pestañear, como una nube un domingo por la tarde, de repente. En un abrir y cerrar de ojos, sin darme tiempo a detenerme en ella, cuando estoy seguro que llevaba escrito el futuro en ese blanco eléctrico que irrumpió mientras escuchaba “El zoo absoluto”. Lo dicho: cuestión de tiempo.



Estoy enamorado de una chica que ni siquiera sabe que existo. No, no es verdad; pero es una canción preciosa de Another Sunny Day, la número dos de esta entrega sobre el amor. 10 (más una) canciones de amor. Talking Heads, Giant Sand, Joe Crepúsculo, Elle Belga, The Go Betweens y más. Podían haber sido otras, pero son estas, cada una de su padre y de su madre.
En todo caso, supongo que sí, que alguna vez me he enamorado de una chica con la que ni siquiera he cruzado una palabra: de hecho, tiendo al enamoramiento facilón. Y por eso quizá no me resulta ajeno el personaje de Charlotte en "Ghost Girl", un libro de estética gótica para adolescentes que simplemente me compré porque me llamó la atención el diseño, lo abrí al azar y apareció una mención al "Love will tear us apart" de Joy Division. Y eso tenía que significar algo, seguro, así que me pillé el libro. No imagino a chicas de 15 ó 16 años, al menos de esta generación, escuchando a Joy Division (y The Cure; bueno, hasta donde he leído también se habla de Evanescence... nadie es perfecto). Aunque yo a su edad algo coqueteaba con el rollo siniestro, con discos en vinilo de Bauhaus que siguen ocupando un lugar de honor en mi colección.
El amor, ay. O: ay, el amor. "El amor, en mi opinión, no es sólo la yuxtaposiciónen de un corazón y otro corazón; eso es colateral" (Le Mans; esta canción no está, aunque podría haber estado, como tantas otras). Aunque hoy en realidad no pensaba tanto en el amor como en la vida a plazos que nos ha tocado vivir, pendientes de la hipoteca, de un crédito o de un portátil; o de todo junto y más, y lo que está por venir, o de un descuento de 6 euros en Decathlon y de la tarjeta del vips (tarjetas y más tarjetas; ¿cuántas tienes tu?).
La Motown cumple 50 años y en casa lo celebramos con la casita en edición limitada con todos sus números uno; eso sí, pagamos en efectivo y al contado. Pero eso también es amor. La Bien Querida es amor. Amor es amar. Y ser amado. Amar en tiempos de democracia (Supercrepus, again) es complicado; hay otro amor en Corea del Norte. El amor al prójimo y amarás a Dios sobre todas las cosas. El amor redux y Las Escarlatinas. El amor en el espejo: onanismo. Eric Fromm y "El arte de amar" (lo leí primero en Filosofía de 3º de BUP). Claro, es la Escuela de Frankfurt. "Ama, ama y ensancha el alma" (y Robe Iniesta es un poeta; lo dice Ana Fernández Villaverde en una entrevista que leí ayer). Amor bajo cero. Amor sobre el hielo. Hay amores que matan, aunque son peores los que hieren y se ensañan. Amor fue un jugador del Barça y López Amor un director de RTVE. Roma es amor, pero al revés. Y amor es A.M.O.R.. El amor esté en meetic y en los chats. Amor es Noam Chomsky. Love es el amor, claro. Y Triángulo de Amor Bizarro es Bizarre Love Triangle. Termino: el amor, según wordreference.com, es el conjunto de sentimientos que ligan una persona a otra, o bien a las cosas, ideas, etc. Qué definición más fría y más sosa.

Nada más, que me despido de mil amores.
 

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1023.- hamlet (pow, pow, pow)


Algo huele a podrido en Dinamarca. O eso parece en la tragedia más conocida de Skakespeare, nada clásica en la versión de Tomaz Pandur que está en cartel hasta mediados de abril en Matadero Madrid. Lo mío no es el teatro exactamente, porque no es que suela engancharme con especial facilidad (excepciones: “Esperando a Godot” en El Canto de la Cabra, hace unos años, “Plataforma”, “2666” -también en Matadero- y “La omisión de la familia Coleman”; puede que alguna obra más, pero pocas en todo caso).

Este “Hamlet” lo consiguió a medias. En la primera parte, menos, con escenas demasiado largas y un poco forzadas, con el personaje de Polonio que me chirría, con un Hamlet histriónico pero también muy físico, debatiéndose no sólo con la corrupción en la corte, sino también con su propia sexualidad (Blanca Portillo está realmente bien en el papel); y aún así, hay momentos de dramatismo y belleza al 50 por ciento, cortinas de agua, pasarelas sobre un estanque en el que se refleja la vida pero no la muerte, Hugo Silva haciendo de Claudio (bastante mejor de lo que había leído en alguna crítica), Asier Etxeandía estupendo como espectro del rey asesinado, y también Rosencrantz y Guildenstern -los amigos de infancia de Hamlet-, con una estética paramilitar heredada de “La Naranja Mecánica”. Sólo que aquí no son Alex y los Drugos, sino Hamlet y todos los demás; Hamlet lo es todo, porque es amor, lucha, sexo, delirio, locura, rabia, vida y muerte. Pero algo no encajaba del todo, a pesar de ver a Blanca Portillo en un monólogo contra un saco de boxeo, o dialogando luego con su padre muerto.

El intermedio, que no es tal, convierte la zona de la cafetería en un cabaret, lo que sirve para despejar la barra mientras la gente escucha cantar a Asier/Claudio, secundado por Rosencratz y Guildenstern. Está bien, pero a la vez me parece que es un poco fuego de artificio; igual que el intento de hacer metateatro, con un distanciamiento que no me acaba de resultar creíble; Hamlet sale de sí mismo para hablar de Hamlet, y en definitiva para hablar del teatro. Y supongo que se lo puede permitir, porque para eso es un personaje universal, pero no sé, no me acaba de cuadrar. Prefiero imaginarle en el espacio de Elsinor, el castillo real de Dinamarca.

En la última hora y media (la obra dura casi cuatro horas) todo es mucho más ágil. Las bicicletas surcan el agua; la lluvia cae de manera casi incesante; Ofelia (Nur al Levi) enloquece; aparece Laertes (un poco desdibujado, eso sí); Gertrudis trata de acercarse a su hijo, que empieza el acto con el célebre monólogo del “ser o no ser”; y al final la tragedia se desata,  el blanco y negro se cambia por rojo,  los amigos paramilitares cruzan de un lado a otro del inmenso escenario de las Naves del Español, la locura se convierte en la única posibilidad real -al borde del absurdo- y la muerte lo llena todo. Es lo que hay y lo que cabe esperar en este Elsinor con un toque berlinés, con eficaces juegos de cortinas y con una música que acompaña la trama sin perder detalle.

Es verdad que hay cosas que no me acabaron de convencer (por ejemplo, la lucha interna entre el Hamlet femenino y masculino, que en vez de acentuar la tragedia desvía la atención sobre los sucesos de Elsinor), y también que alguna interpretación se quedó un poco coja, pero en el conjunto es una obra estimulante, y una vuelta de tuerca al clásico de Shakespeare que leí ya hace mucho tiempo, en BUP (creo que lo releí estando en la Facultad, pero no estoy seguro, así que lo dejo entre interrogantes) (¿?).

(Como canción para este post, estaba escrito que tenía que ser Nick Cave, que tiene mucho de trágico en forma y fondo, y que además a principios de los 80 publicó con los Bad Seeds un tema con el título de “Hamlet (pow pow pow)”: Hamlet's got a gun-now / he wears a crucifex / pow pow pow pow”. Es lo que hay: belleza y muerte).


1024.- barcelona


Bueno, pues aunque yo sigo sin verlo, al final el Oscar ha sido para Penélope Cruz por su papel de María Elena en "Vicky Cristina Barcelona". Otro día hablaré de "Hamlet" (el sábado en las Naves del Español - Naves del Matadero), pero ahora este post rápido es para hablar de Penélope Cruz, y de cómo en 1992 decidimos pillar entradas para "Jamón, jamón" y no para "El guardaespaldas", en los cines Variedades (hoy cerrados...), lo que demuestra que ya entonces intuíamos nosotros que allí empezaba algo importante (además de la lucha a jamonazos al más pulo estilo Goya), porque entre Whitney y Pe, está claro. Ella había presentado "La 5ª marcha", y en en la peli enseñaba muslamen y demás, lo que era un punto a su favor frente a los gorgoritos de Whitney, que, vale, estarían bien, pero no nos ponían nada de nada. Luego la verdad es la que perdí la pista, y en realidad no recuerdo ningún gran papel suyo ("Fanfan la tulipe", "Bandidas", etc... ¡horror!) hasta llegar a "Volver". Y hoy, mírala, con un Oscar, quién lo iba a decir (yo no daba un duro, la verdad).
Dice Woody Allen que en la vida real hay mujeres tan histriónicas y sobreactuadas como el papel de la Cruz, y puede que sea así (por ejemplo, aquí mismo las hay muy de vocear y de pelearse de balcón a balcón); y ella, en su discurso, ha empezado hablando en inglés (con referencias a Alcobendas incluidas) y ha terminado en castellano, que ha quedado bonito, y además parece un guiño a la propia película, saltando de idioma a idioma.
En todo caso, en "Vicky Cristina Barcelona" todo es demasiado de postal, como en la canción de Giulia y los Tellarini, aunque sí me gustó la fotografía, con un punto de luz muy cuidado. Y el caso es que esta misma tarde hablábamos de vacaciones y de la posibilidad de ir a Barcelona, porque hace mucho tiempo que no vamos y nos quedan muchas cosas por ver... Lo mismo esta es la señal que estábamos esperando.
Probablemente ésta es una de las pelis de Woody Allen que menos me gustan, pero es cierto que la historia de los Oscar está llena de títulos espantosos con interpretaciones sensacionales; ya digo que no me parece que este sea el caso, aunque sí es verdad que su aparición supone un punto de inflexión y marca el desarrollo hasta el mismo final, y en eso puede que tuviese más que decir que sus competidoras.
Ahora mismo acaban de dar el premio al mejor guión a "Mi nombre es Harvey Milk", la de Sean Penn, y creo que me voy a ir a dormir, que ya toca, aunque lo suyo es despedirse con la cancioncilla de marras.
Premio para "Slumdog millionaire" a las 3.01 (mejor guión adaptado). Ahora sí. Adiós / bye.

1025.- the turns we took


Acabo de llegar del concierto de Tindersticks, en el Teatro Haagen Dazs (Madrid es un sitio muy chulo donde la cultura está directamente patrocinada por marcas de helados o cerveza), que de las tres veces que los he visto es la que más me ha gustado (y una de mis favoritas de la noche fue "The turns we took", con la que terminaron antes de volver con los bises). Por cierto, las entradas costaban 45 euros del ala (que yo no pagué), que no es poco por hora y media; lo mismo alguien debería empezar a mirarse lo de los precios de los conciertos, porque están más allá de las nubes (Wilco, en junio, cuesta unos 70, y lo malo es que iré, y esta vez pagando, me temo).
En realidad hoy no pensaba escribir, pero como acepto peticiones del público, pues felicito desde aquí a Arancha, para que no se queje (hay que fidelizar a los lectores, ya se sabe).
De todas formas, ya que estoy, me voy a estirar con un regalito. El domingo por la tarde, después de colocar los armarios (M coloca su ropa por colores, yo más bien al tun tun, intentando que las camisas estén con las camisas y los jerseis con los jerseis, pero no siempre lo consigo), me puse a hacer un podcast, aunque con escaso éxito, así que al final dejé mi recopilatorio (con la intención de hacer uno por semana; ya veremos...) en plan rudimentario, con voces de chicas (y algún coro de chico) y canciones que me hacen tilín. Son 10 y están aquí, para quien le interese.
Bueno, que sólo era para decir esto. Hasta mañana.

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